1928 La sociedad
asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las
asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y
su vocación. La justicia social está ligada al bien común y al ejercicio de la
autoridad.
1929 La justicia
social sólo puede ser conseguida en el respeto de la dignidad trascendente del
hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que le está
ordenada: La defensa y la promoción de la dignidad humana "nos han sido
confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores
los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia" (SRS 47).
1930 El respeto de
la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de
criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella.
Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a
reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia
legitimidad moral (cf PT 65). Sin este respeto, una autoridad sólo puede
apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus
súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de
buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas.
1931 El respeto a
la persona humana pasa por el respeto del principio: "que cada uno, sin
ninguna excepción, debe considerar al prójimo como "otro yo",
cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla
dignamente" (GS 27,1). Ninguna legislación podría por sí misma hacer
desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo
que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas.
Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un
"prójimo", un hermano.
1932 El deber de
hacerse prójimo de otro y de servirle activamente se hace más acuciante todavía
cuando éste está más necesitado en cualquier sector de la vida humana.
"Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo
hicisteis" (Mt 25,40).
1933 Este deber se
extiende a los que no piensan ni actúan como nosotros. La enseñanza de Cristo
exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es
el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5,43-44). La liberación en el
espíritu del evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto
persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.
1934 Creados a
imagen del Dios único, dotados de una misma alma racional, todos los hombres
poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de
Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina:
todos gozan por tanto de una misma dignidad.
1935 La igualdad
entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los
derechos que dimanan de ella: Hay que superar y eliminar, como contraria al
plan de Dios, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la
persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición
social, lengua o religión. (GS 29,2).
1936 Al venir al
mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de
su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay
diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las
capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las
circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las
riquezas (cf GS 29,2). Los "talentos" no están distribuidos por igual
(cf Mt 25,14-30; Lc 19,11-27).
1937 Estas
diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro
aquello que necesita, y que quienes disponen de "talentos"
particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias
alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la
benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a
otras:
“Yo no doy todas
las virtudes por igual a cada uno...hay muchos a los que distribuyo de tal
manera, esto a uno aquello a otro...A uno la caridad, a otro la justicia, a
éste la humildad, a aquél una fe viva...En cuanto a los bienes temporales las
cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor
desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario
para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad
unos con otros...He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis
servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han
recibido de mí”. (S. Catalina de Siena, Dial. 1,7).
1938 Existen
también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres.
Están en abierta contradicción con el evangelio: La igual dignidad de las
personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa.
Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los
pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la
justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a
la paz social e internacional (GS 29,3).
1939 El principio
de solidaridad, enunciado también con el nombre de "amistad" o
"caridad social", es una exigencia directa de la fraternidad humana y
cristiana (cf SRS 38-40; CA 10): Un error, "hoy ampliamente extendido, es
el olvido de esta ley de solidaridad humana y de caridad, dictada e impuesta
tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en
todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el
sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su
Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora" (Pío XII, Enc.
"Summi Pontificatus").
1940 La
solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la
remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden
social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde
los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.
1941 Los problemas
socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de
solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de
los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad
entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una
exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.
1942 La virtud de
la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes
espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los
bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han
verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor:
"Buscad
primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por
añadidura" (Mt 6,33)
“Desde hace dos
mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia ese sentimiento que ha
impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los
monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden
enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las
generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales
capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano”
(Pío XII, discurso de 1 Junio 1941).